¿PARA QUÉ OS QUIERO?

Había soñado que era un mago y se despertó crecido como un rey Sol. La vecina hervía coliflor. "Qué horror", pensó. Sacó de una chistera que secuestró de su fábula soñada una enorme infusión de jazmín, bizcocho y almendras. Con ella perfumó la habitación y se entusiasmó.

Cogió la mano derecha, la colocó sobre su cabeza y la destapó, como quien abre un botellín de cerveza. Sonó: "¡plofff!". Metió los dedos dentro de ella y empezó extraer sus penas, sus emociones desbordadas, sus inquietantes pensamientos y esas cosas que perturbaban su existencia. Libre de sus neuras, sonrió. Y, de nuevo, se creció.



Miró hacia sus pies y exclamó: "¿Para qué os quiero?". Y como el galgo más veloz, salió corriendo de Valencia a Vermont, de Reikiavik a London, de Lanuza a Versalles pasando por Carcassonne. Y se sintió afortunado. Quizá fascinado por ver el mundo que rodaba bajo sus pies, como una pelota con la que juega el equilibrista. Un pie sobre el mar de hielo, otro sobre Ítaca. Un salto hacia Albanta, un transbordo definitivo en un viñedo donde amigos del alma crían el mejor de los vinos. El compartido.

Miró sus manos y les gritó excitado: "¿Para qué os quiero?". Y ellas empezaron a escribir versos, a esculpir cuerpos, a pintar cuadros sobre tablas rasas, sobre telas pálidas. Un Basquiat, un Gauguin, la ronda nocturna de Rembrandt, la noche estrellada de Vincent. De una hermosa dama de Modigliani a un inquietante Malévich. Blanco sobre blanco y, entre cuadros, sus manos danzando, dando abrazos, acariciando. Aquí, allá. Aplausos en general. Ovaciones como en los teatros.

Pensó entonces con sus ojos y los sacó a pasear. Se fueron despistados, quizá por aquello de los aplausos, hasta un corral –como el de la Pacheca–, en el que unos actores más bien de segundo rango interpretaban el Psicodrama de la Política Nacional. Los ojos asustados se volvieron espantados. Se dijo entonces el hombre que soñó que era mago: "mejor que salga la boca a predicar lo contrario que ellos están interpretando". Y la envió a dar besos, a repartir perdones, a decir "te quieros", a silbar canciones como quien se va a cazar flores. Salió la boca a pasear y se puso a cantar, a declamar, a recitar. El bendito "memorandum" de Benedetti no podía faltar: "Uno llegar e incorporarse al día /Dos respirar para subir la cuesta / Tres no jugarse en una sola apuesta..."



Respiró profundo. Como cuando se respira para atrapar el instante y mantenerlo de por vida. Pensó entonces inspirando: "¡la nariz! ¿Para qué te quiero?". Olfateó como el más perfecto de los sabuesos. Y un aroma le perturbó. La vecina hervía coliflor. "Qué horror", pensó. Había soñado que era un mago, pero despertó. 

Besos en la chistera.


El Comecocos, Las Provincias. 11 de mayo.

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