CUARENTA Y TRES PUESTAS DE SOL



Recordando El Principito (y sus derivadas)

Todos los años los Magos hacen que en casa entre de puntillas un principito. Sí, un Principito en mayúsculas con el sello de Antonie de Saint-Exupery. Una locura de los reyes que tiene un valor emocional y literario de muchos quilates, porque a veces llega de la India, a veces de Japón, a veces de alguna tienducha en algún rincón perdido por el planeta. El Principito habla igual quechua que sueco. O simplemente se mantiene en silencio metido en su portada –cada edición con la suya– y te observa como si tú formaras parte de uno de los atardeceres que adora el personaje de Saint-Exupery. «¿Sabes? Cuando uno está verdaderamente triste son agradables las puestas de sol», confiesa en el libro el pequeño de la casaca larga. 


El Principito asegura que en su pequeño planeta vio un día cuarenta y tres puestas de sol. La reflexión me estremeció al releerla, por lo «verdaderamente triste» que estaría. En el fondo, creo que vivimos sumidos en un planeta en el que estamos abocados a refugiarse en el atardecer. Un planeta triste. No sólo por las grandes historias –esas que hablan de guerras, terrorismo y atrocidades varias–, sino también por las pequeñas. Las cotidianas. Las que se viven a pie de calle. Historias alicaídas, excepto las que mantienen vivo el espíritu inocente de la infancia. Historias dignas de puestas de sol largas y continuas. Cuarenta y tres en un día.



Foto Jesús Trelis
  

La obra de Saint-Exupery, que cumplirá 75 años en 2018, estremece al completo. Es como si su historia estuviera guardada bajo una urna de cristal, como su frágil rosa, protegida de cualquier toxicidad para continuar siendo un tratado de humanidad. 


Este año, ante la colección de Principitos que se van abrazando en la estantería gracias a un indulgente amigo que hace las veces de rey Mago, decidí bajar de mi pedestal y, en vez de observarlos sin más, releer aquel viaje entre asteroides y pensamientos. Esos que cruzan tu epidermis desatando escalofríos. «¿Sabes? Es preciso que soporte dos o tres orugas si quiero conocer a las mariposas», dijo la rosa al hombrecillo.


Nada más leer las primeras páginas, a uno ya le dan ganas de pintar elefantes, boas o baobabs. Uno necesita volver a ser el niño que fue antes de convertirse en un tipo grande y gris incapaz de ver «corderos a través de las cajas». Incapaz de ver más allá de los números, las grandes cifras, las estadísticas que luego se transforman en sinrazón, imposiciones, losas –el ladrillo de cada día, que escribía Cortázar–. De hecho, leyendo a Saint-Exupery me vi entre esos adultos extraños de los que habla su libro. Esos que enterramos al niño que tuvimos dentro para hacernos huraños, cenizos y hasta despiadados. Tanto que olvidamos el valor de tener un amigo que cada año te regala la esencia del Principito. Besos

Foto Jesús Trelis
 Publicado en LAS PROVINCIAS, 14 de enero de 2017. El Comecocos. 

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