LA BATALLA

La lucha contra la peor pandemia debe contar con el apoyo incondicional de todos
Como un temporal. Llega como un temporal con olas de diecisiete metros. Arrasa tu presente, se lleva por delante tus preocupaciones del pasado, arrastra cualquier cosa que tuvieras en la cabeza para cambiarlo todo, para hacer añicos todo, y colocarte ante el espejo y enfrentarte a una nueva realidad.

Se cuela en tu cuerpo como un monstruo viscoso al que sin la ayuda de alguien ya no podrás dominar. Una fiera rebelde, cruel, encendida, que deambula como una plaga y acaba cobijándose en cualquier cuerpo, bajo cualquier piel donde encuentre acomodo.


La lucha contra él es dura. Afecta a las fuerzas, a la mente, al entorno. Es tremendamente cruda para quien sufre el devastador tsunami personal. Y lo es para quien le acompaña en la vida, que sufre viendo la batalla que el ser querido tiene entablada con ese animal salvaje. Ese que observa como un espectador, día a día, esa lucha con impotencia; queriendo transmitir fuerza, optimismo; intentando dar al ser querido los abrazos que no se dieron; decir las cosas que se quedaron en el tintero; expresarle cuántos sueños les queda por alcanzar...
La llegada de la bestia nos deja impactados. Es difícil saber qué piensa quien la cobija dentro y me parece incluso frívolo intentar hablar por ellos. Desde la distancia, uno siente una admiración eterna por quien batalló con la fiera y la doblegó. Y te diría que mucho más, por quien lo intentó en una lucha de titanes pero acabó extenuado. Sin perder ni un instante las ganas de salir adelante, de ganar la batalla. Siente uno tanta admiración por quien tiene que entablar esa lucha que me ruboriza hasta contarlo. Pero quizá no podemos obviarlo.





Emilio, Inma, Jordi; una amiga, un padre, un hijo; alguien de setenta años, de treinta, de cinco; un señor poderoso, un autónomo, un olvidado. El monstruo, la bestia, el animal salvaje no distingue entre sus víctimas y es, sin duda, la peor pandemia de este siglo. Ver a la gente que lucha contra ella, a los afectados y a los científicos que se empeñan en plantarle cara, es motivo suficiente para denunciar que es intolerable que se recorte en investigación cuando se habla de estos temas. Es lamentable que no se ofrezcan bajas indefinidas, medios psicosociales para ayudar a superar la guerra, que no se habiliten partidas suficientes para que, quien lucha contra el cáncer –sí, el cáncer en todas sus versiones y maldades-, pueda hacerlo con todos los medios.
Nombrarlo nos trae a todos cierta congoja, porque todos conocemos o hemos conocido a alguien que ha ganado la batalla o la ha perdido. Por eso, gritar ¡ánimo!, decir estoy contigo y ayudar a que, en un futuro, se pueda paliar este atroz temporal es lo mínimo que podemos hacer. A los que luchan y a los que lucharon, desde el recuerdo, besos.

El Comecocos, Las Provincias, 4 de febrero 2017

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