LOS PAPÁS TAMBIÉN LLORAN


An­te un fo­lio blan­co re­cor­dó el día en que su pa­dre le pre­gun­tó: «¿de qué co­lor es el agua?»

Nunca se había atrevido a hacerlo. Pero ese día, llegó a casa después del trabajo, buscó en el cajón de los folios reciclados y empezó a dejar fluir sobre el papel añoranzas que hablaban de él. Recordó a su padre ante la chimenea, junto alguno de sus hermanos, respondiendo a preguntas que, para un niño, eran todo un desafío: «¿De qué color es el agua?» Le recordó jugando durante la comida al tradicional ‘veo, veo’... «una cosita que empieza con la letrita...». Y le recordó como, un día en que iba preocupado, le abordó: «¿Te pasa algo?».

Le recordó leyendo el periódico cada mañana; le recordó siempre discreto, sin decir nada que pudiera molestar; le recordó en los malos momentos y en los que estuvo feliz, ya más mayor, cogiendo a sus nietos con los brazos y riendo con ellos. Le recordó cuando, en los últimos meses, la maldita enfermedad le fue consumiendo. Y recordó su mirada llena de nostalgias y sus últimas palabras días antes de partir: «Quiero vivir».

Le recordó cogiéndole aquel día de la mano. La mano con la piel envejecida. Los dedos arrugados. Casi sin fuerza. Más acariciando que apretando. Como consciente de que aquello era la despedida.

"¿De qué color es el agua?" Foto J. T.

Recordó el día en que los papeles cambiaron. El día en que él fue padre por primera vez. Recordó de nuevo su mano, tocando la piel de la pequeña recién nacida. Pasando los dedos por su manita que parecía forrada de terciopelo, con sus venitas brillando a través de la piel como riachuelos de vida. Recordó sus ojos cerrados, el corazón que le latía acelerado, la emoción de que aquella cosilla era su hija. Y que lloró, porque los padres también lloran.

Recordó cuando llegó la segunda, casi sin llamar a la puerta, un día de fiesta. Cómo vivió aquello con una intensidad tremenda, porque ya sabía lo que era. Y recordando a las dos juntas, pensó que debería haber sido el papá que se merecían. Pero por las cosas de su vida distó mucho de cumplir como debía. Como su padre hizo con él y con toda la canalla de la familia.

Ante el folio blanco pensó en el tremendo galimatías de emociones que hay detrás de la palabra padre. El tiempo desaprovechado, vivido sin la intensidad merecida, cuando fue hijo. Y el tiempo desaprovechado, dedicado a otras cosas que luego quedaron en el vacío, en vez de estar a su lado: jugando, estudiando, cantando, volando... «Flores, flores; esta cabaña es de flores».

Recordando todo ello –al señor de poco pelo y humor desbordante del que tanto aprendió y a ellas, a las que tanto debe aún–, dejó caer el bolígrafo sobre el papel y con él, una lágrima que emborronó la palabra padre. «Los papás también lloran», se dijo. Y enviando un beso al cielo, susurró: «Transparente, el agua es transparente».

 'Las Provincias' - 2017-03-18

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