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AVIONES DE PAPEL

El Comecocos se asomó a la ventana, dejando que el destino fuera quien marcara su mirada y dirigiera sus pensamientos entre los entresijos de la masa urbana. Sobre la mesa, abierto en canal, había dejado el "Diccionario del Diablo" de Ambrose Bierce. En él leyó, con tremenda inquietud, la definición que el periodista norteamericano había hecho hace más de un siglo de la palabra nacimiento: "el primer y más nefasto desastre". Con anterioridad devoró su visión de lo que es hábito ("grillete de los libres"), ganso ("ave que suministra plumas para escribir") y abstemio ("persona débil que accede a la tentación de privarse de un placer"). Ninguna le dejó indiferente.

Bierce le parecía elegantemente cínico, sutilmente punzante y abiertamente provocador. De hecho, leer su glosario le llevó a cavilar sobre las cosas de la vida. O mejor, sobre los pensamientos, que son, sin darnos cuenta, los que marcan el pulso de los días. No en vano, dependiendo de la forma de pensar de un individuo, las cosas se ven de una manera u otra. Y se actúa de una u otra.
Los que vivan con los pensamientos cruzados se entenderán y terminarán diciéndose: "¿nos acostamos?". Los de pensamientos divergentes acabarán enzarzados en la barra de un bar, entre tragos largos que irán dando consistencia a la euforia y rienda suelta a la violencia verbal (o la física, si son de los que piensan que las cosas se arreglan con puños como misiles –a lo Kim Jong o, si me apura, Trump–. 







El que sea de pensamiento ingenuo vivirá sometido a la inocencia, hasta que desnudo ante una contundente realidad descubra sus miserias. El que piense que la vida es eterna, morirá cuando menos lo espere feliz con su creencia; el de pensamiento déspota ejercerá como tal y maltratará a quien le acompaña, y el humilde será un cordero entre zarzas.
Pensó ante la ventana que los días deambulan por el abismo –con Esperanza desesperanzada, políticos enfangados en el Canal y el griterío instalado en la política mundial–. Y observó, por la gran vía, a anónimos que delataban con su mirada que ven en el futuro una ciénaga. "Desasosiego, confusión y ansiedad" , como diría Zygmunt Bauman, el filósofo de lo líquido, en "Retrotopía" (el último ensayo que nos dejó).

Rememorando a Bierce se preguntó si valía la pena nacer. O, si como escribió el periodista nortamericano, era "el primer y más nefasto desastre". Tras ver en la calle, junto a anónimos desesperanzados a niños jugar, a jóvenes abrazándose, a un anciano acariciando su pasado... cogió una cuartilla y escribió su pensamiento que, convertido en avión de papel, lo lanzó por la avenida. "Vale la pena nacer; pero hay que saber transitar en la vida por donde rezumen sonrisas". Con sus besos, firmó la despedida.






El Comecocos, publicado en LAS PROVINCIAS. 29 de abril de 2017




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