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UN VERANO CON FRANCIS DRAKE

La mochila. Pantalones, camisetas. Esas cosas del vestir. Una gorra. Un cepillo para los dientes. Una baraja de cartas para hacerse el solitario y dejar volar el azar: descubrir si el verano te pintará copas, oros, bastos… Que las espadas pasen de largo.

Un libro de aventuras, para creerse Tintín, James Bond o Terence Hills en "Le llamaban Trinidad"; unos poemas de amor de Byron o de Neruda, por si a las sirenas hay que conquistar; un caza estrellas para, antes de que llegue la lluvia fugaz, ir atrapando a Casiopea, a la Osa Mayor y a la Menor, el astro del Principito y todo un bestiario astral que haga de tus días de calima algo sideral.




Volcanes, grutas, la sabana salvaje. Ríos, lagos, mares. Una toalla sobre la que tirarse a pie de playa para ver amanecer todas las mañanas y pescar hazañas: un naufragio entre pirañas, un descenso entre lava, un manantial de tinta del que brotan las palabras. Una toalla en la que esperar que la marea atrape tus pies, un pulpo se enrede entre tus carnes y los cangrejos te trasladen hasta donde habita la posidonia. Una toalla en la orilla para luego chapotear, bucear, flotar como un barco de piratas en busca de una isla donde ocultar tus tesoros. Perlas negras, esmeraldas de la isla Caimán, monedas de oro que capturó sir Francis Drake cuando surcaba los mares sin parar. Francis Drake y una botella de ron.




Una hamaca para imaginar. Una hamaca en la mochila para colgarla entre las ramas y balancear las siestas. Balancearlas y llenarlas de fantasías en las que ser capaces de tender un alambre desde la tierra al cielo y del cielo al universo. Y convertirse en equilibrista. Un libro en la mano derecha; dos libros, en la izquierda; tres libros sobre el empeine de una de las piernas. Una libreta en la que escribir todo lo vivido. Un lápiz como los de antaño que se irá consumiendo a medida que los días de calor van pasando y las historias se vayan encadenando. Un día cazando un león en la selva del Yucatán; otro, paseando con Marilyn por las calles de Sunset Boulevard

Un día en una montaña en la que conquistar la cumbre más alta; otro, en un oasis en el desierto de Atacama, donde las momias despiertan para contar leyendas llenas de fantasmas. Y, para terminar la travesía, un atardecer en un café de París donde tomar champán con Toulouse-Lautrec y ver bailar a Jane Avril.




La mochila repleta de energía y, en ella, el pasaporte de las fantasías listo para ir de un sueño a otro sin problemas en la frontera de las quimeras. Allí donde el sol se destripa. La mochila y, en su interior, un piano de cola, un reloj sin saetas, unas zapatillas con alas, una nube para pensar y un par de copas para brindar, con quien sea, por la vida. Y junto a todo eso, un arsenal de besos para cuando lleguen las despedidas.

El Comecocos, Las Provincias. 15 de julio de 2017

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