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OTOÑO 155

Olía a humedad encendida y bajo los castaños había besos. El Señor del Tiempo palpaba con sus manos el inmenso y corpulento cuerpo. Estaba caliente. Parecía tener en su interior un rayo latente. "Van a ser unos meses interesantes", se dijo mientras crujía a su alrededor la maquinaria del viejo reloj que marca el paso al calendario. Ante él, yacía desnudo el poderoso Otoño. Pálido, casi anaranjado, como un melocotón tardío.

El Señor del Tiempo acercó sus labios a los del cuerpo tendido y le cubrió con su cálido suspiro. El Otoño sufrió una convulsión. Su piel se erizó y abrió súbitamente, como un dragón dormido, sus ojos. "¡Levanta, levanta!", gritó. Sonó una ensordecedora campanada y un millón –quizá dos– de aves salieron de estampida entre los engranajes del colosal reloj. Fue como una profecía. La profecía de la edad tardía: cuando el cuerpo enmudece y las pasiones se declaran en rebeldía.

El Otoño se incorporó mastodóntico. Del impulso, los vientos se desbocaron y atizaron el planeta por todos los lados. El Gregal enloqueció, el Poniente se creció, el Levante retrocedió. Sobre los mares empezaron a generarse ciclones, hubo huracanes y las tormentas desembocaron en tempestades. Los ríos se desbordaron, las ciudades fueron lagos, los peces saltaban entre los tejados y la tierra tembló. "No te entusiasmes", le dijo el Señor del Tiempo al Otoño, que un año después despertaba entre nubes desgarradas.





La tempestad dio paso a un sol tímido, de esos que más que calentar, acaricia. Los montes se tiñeron de colores y el fuego brotó de nuevo en las chimeneas. Hubo vendimia, los olivos lloraron aceite, volvieron las matanzas –San Martín y su espada– y repuntaron las añoranzas. "En llamas, en otoños incendiados, / arde a veces mi corazón, /puro y solo", versó Octavio Paz. "(...) antes de que el invierno nos escombre / entremos a codazos en la franja del sol / y admiremos a los pájaros que emigran", dejó escrito Benedetti.

El tiempo sopló melancolías. De las bibliotecas, volaron versos. En la ciudad, hubo reversos. "Éste va a ser un otoño difícil", anunció mostrando su cuerpo desnudo al mundo. "¡Otro otoño caliente!", le recriminó el Señor del Tiempo. En las calles hubo gritos. Manifestaciones. Tensiones. Se jugó con el 155 (por lo constitucional), se conjugaron los imperativos y las marionetas nos removimos entre los hilos. Titulares demoledores, misiles juguetones, estrados repletos de reproches... Y entre la gente, soledades.

El tiempo sopló melancolías, te decía. Y el reloj volvió a crujir. Olía a humedad encendida y bajo los castaños había besos.



El Comecocos. Publicado en Las Provincias. 23 de septiembre de 2017

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