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LA ISLA DE LOS INGENUOS

Soy catalán, y español, y afgano. Soy valenciano, de Alcoi, del pueblo de al lado. Soy de cada rincón y a la vez de ninguno. De izquierdas y de derechas, independentista y nacionalista, monárquico y republicano. Soy el burgués y el refugiado, el hijo del proletario y niño del marqués. Soy un desengañado o lo que tenga que ser si cediendo en mi verdad ayudo a frenar la hemorragia de coherencia que vive esta sociedad.

Me duelen los gritos, los cánticos al son de la ira, los improperios desde la gradería, los empujones, los heridos, la presión, la asfixia, las barricadas y las cargas. Me duele que impongan la ley marcial, que si no eres de los suyos te debes callar. Me duelen los unos y los otros. Los de aquí y los de allá. Me duele que se nieguen a hablar, a dialogar. Me duele todo y por todos los lados, y pongo la otra mejilla si con un bofetón que me deje los dedos marcados logro ayudar a frenar la sangría de humanidad que vive nuestra realidad.



Aborrezco las fronteras, y las banderas, y los himnos si con ellos deambulan las violencias. Aborrezco los imperativos, las patrias impuestas, las naciones como escudo para ocultar otras miserias. Aborrezco que, mientras discuten cada uno de su unidad, todos acabemos separándonos un poco más. Aborrezco que, mientras en los que mandan aflora arrogancia, el resto nos sepultemos bajo la ignorancia. Aborrezco la crispación, la deriva hacia la violencia sin control, el despropósito de las mentiras, la engañifa como religión, la política del naufragio, la partida de ajedrez en la que los peones somos los sacrificados.



Me indigna que, mientras protagonizan su juego de tronos, se olviden de quien no llega a fin de mes, de quien muere desatendido, de las listas de espera, de los colegios que están para ser derruidos, de la educación sin doctrina, de la sequía que nos acecha, de los mayores sin caricias, de la niña que nacerá justo mientras tú leas estas líneas. Una niña que tendrá ante ella un futuro entre tinieblas. Me indigna que se olviden de la verdad mientras siembran de farsas nuestros días.



Soy de Sanlúcar de Barrameda, de una aldea junto al Sil, de Chichicastenango, de un rincón de la selva, del África que sigue muerta, de quien no tiene nada y de quien lo tiene todo. Soy de este mundo y del otro. Soy de todos y de nadie, aunque ardo en deseos de dejarlo todo y ser un robinsón más en la isla de los desencantados. Una isla sin fronteras ni banderas donde manden las palabras, se construyan los diálogos y florezcan los rincones donde se estrechen las manos. Un robinsón en la isla de los ingenuos, donde gobiernan los sueños. E incluso se reparten besos. Los dichosos besos.

El Comecocos, Jesús Trelis. Las Provincias, 7 de octubre 2017.


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