LOS SOLOS

Adjetivos desairados, broncas desatadas, acusaciones escupidas, verbos arrojados como llamas. Ellos, ella y él, desde la ventana de su vida observaban en soledad cómo la cuchilla de las lenguas afiladas atravesaba la fina piel de la urbanidad. Algarabía, tensión, depresión.

No había entre exclamaciones espacio para los besos. En la calle, en la televisión, en las tertulias... las palabras gritaban sin compasión. Y los gritos se encadenaban y desataban un grito mayor. Las voces se alzaban como espadas dispuestas a ser enfrentadas, los aullidos se mezclaban con la desazón y la muchedumbre se enzarzaba entre acusaciones desentonadas. Ellos, él y ella, miraban. Desde sus ventanas.

Él leía para sus adentros poemas, sus poemas, de Lorca. Como si fuera "El rey del Harlem". "Con una cuchara de palo / le arrancaba los ojos a los cocodrilos". 
Ella, en su mundo, escuchaba canciones. Llamaba a la radio. Se las dedicaba. La música como diván. "Para la vieja Concha, que espera; como siempre". Sonaba "Girasoles" de Rozalén. Y ella soñaba: "Tienes en los ojos girasoles / Y cuando me miras soy la estrella que más brilla".




Él vive solo y enterrado, desde que la suerte le dejó y le sepultó en la desesperación. Con cuarenta y tantos anda malviviendo a base de tragos y releyendo los libros a los que acudía cuando quería ser profesor, escritor, ensayista. Alguien. Ella vive en su mundo porque el mundo le ha encerrado allí. No tiene amigos, ni enemigos; no tiene familia, ni siquiera conocidos. Siempre fue la típica chica tímida, metida en su propia travesía. Incomprendida. Alguien.

A él, la soledad le secuestró cuando, a la mujer de su vida, una cuchara de palo –como el poema de "Poetas en Nueva York"– le arrancó el corazón. Bocados de un tumor. Ella marchó y él ya no volvió. Ella vivió siempre al lado de su madre, cuando vivía. Después, con ella misma. Extraña mujer solitaria que pasa los días mirando por la ventana mientras suenan canciones dedicadas y sueña con ser aquella chica guapa que nunca fue. "Para la hermosa Concha, Girasoles", repite una y otra vez. "Tienes en los ojos girasoles / Y cuando miras soy la estrella que más brilla".

Ellos. Ella y él. El vecino. La anciana y la niña a la que nadie escucha. El compañero de trabajo y la mujer a quien el marido tortura
. El prisionero. El refugiado. El despechado. Solitarios que deambulan entre el griterío. Gentío sordo en medio del ruido que no ve brillar en los ojos girasoles, ni cómo las cucharas de palo les arranca el corazón. Algarabía, tensión, depresión.

No hay entre exclamaciones espacio para los besos.

El Comecocos. Publciado en Las Provincias. 30 de septiembre.

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