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21 GRAMOS

Somos un cero a la izquierda al que nos ponen un diez cuando rentamos, para luego volver de nuevo a ser un cero. A la izquierda, claro. Y así, a intentar volver a lograr otro reconocimiento. Un ocho, un siete, un seis...

Recuerdo los tiempos del suspenso. Exámenes. El cuatro era deprimente, por no llegar. Lo del tres hacia bajo, desolador. Los números siempre nos han sometido. Siempre hemos vivido atados a un número que te consagra o te condena. De hecho, vivimos atrapados en un abismo de aritméticas. Somos parte de un decimal. Una suma, una resta. Un amasijo de cifras: 70 kilos, 42 de pie, 72 pulsaciones...

Es tan infinita la numeración que nos rodea, que me rodea, que tengo mi casa invadida por datos que batallan con mi ya débil memoria. Porque en realidad, mi casa es un lugar sin paredes donde habitan las neuronas. (O la neurona, que ya no sé por dónde ando). Una neurona, dos pulmones, dos riñones, un par de ojos, veinte dedos y un 70 por ciento del cuerpo naufragando en su agua. Ya ves, un Robinson 2.0.



En mi cabeza, navegan cifras que suplen identidades. Entre ellas, la mía. El número del DNI que acaba con una hache, un móvil que he olvidado, un código secreto para el cajero con cuatro dígitos tan usados que acaban siendo un impulso para la mano. Somos, de hecho, cifras andantes, una ecuación del disparate, una suma de pasiones, un (número) primo sumergido en una orgía de cuentas.


La línea 5 para el tren, la 81 para el bus, la autovía 666 para ir al infierno, el 155 para restablecer no sé bien qué, La 6 para informarse, mil incendios para arrasarte y doce campanadas para desaparecer, como una Cenicienta. Eso sí, sin ser princesa, sin carroza y sin un "colorín colorado" que dé este cuento por terminado.


En nuestra vida, todo es una escalada de números que danzan: siete pecados capitales, diez mandamientos, tres mosqueteros y catorce versos para un soneto con Lope de Vega recitándolo: " Un soneto me manda hacer Violante / que en mi vida me he visto en tanto aprieto...". Somos dividendos, tantos por ciento, vecinos de una casa de papel en el 666 (otra vez el número diabólico) de la avenida del Marqués.


Somos los números que manejamos. La cuenta corriente que nos acucia. La cuenta de resultados. Las cuentas del rosario. Siempre rogando. Y con el mazo. Un lanzamiento de dados. Un seis doble. Un triple salto. La habitación 302 del hospital donde se enumeran las esperanzas, se multiplica el optimismo y se ganan mil batallas.

21 gramos pesa el alma.... Foto J. Trelis

Siete vidas tiene un gato, 21 gramos pesa el alma, cuatro jinetes descabalgados y cuatro ases para ganar la manga. Y al final, besos al cuadrado.

(El Comecocos. Publicado en Las Provincias, el 21 de octubre de 2017)

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