EL ARCÓN DE LAS PALABRAS MUERTAS


Entró sigiloso en el altillo de los sueños. Había telarañas. Muchas. Olía a humedad. A pasado. El aroma del olvido. En un rincón, un viejo caballo de madera con ruedas, como aquellos con los que jugaban los niños ricos de antaño. En otro, una mecedora sobre la que se mecía la sombra de una anciana. Había bultos por todos los lados. Ocultos bajo telas blancas y alguna más tupida. Roja, de terciopelo. Sobre una mesa ajada, un macetero que, prodigiosamente, mantenía vivo un crisantemo amarillo.

Crujía el suelo de madera, como si fuera un vetusto buque. A cada paso, dejaba marcadas las huellas de sus pies descalzos sobre la fina capa de polvo que lo cubría todo. De ellas, de sus pisadas, brotaban, de pronto, madreselvas. Y margaritas. Como si con su andar aquel porche de los sueños  volviera a la vida. El techo era azul intenso y estrellado. El universo destripado. Por él se colaba una brisa prudentemente fría. El frescor de una noche de verano en la montaña. Él tenía la piel encogida. La luna le sonreía como si fuera un gato. El de Cheshire, para ser exactos. De hecho, aparecía y desaparecía. En el estómago, aleteaban minúsculas  mariposas.







Todo era extraordinario. Un perchero repleto de sombreros de mago, una boa de plumas que se movía como una serpiente y un bastón con una empuñadura de marfil, que tenía forma de cotorra y, de vez en cuando, silbaba canciones de piratas.

Andando, casi a ciegas, se dio de bruces con un arcón. Grabado sobre la madera leyó: «almacén de palabras muertas». Rodó su llave y lo abrió. En el lado derecho, se disponían de arriba a abajo los cajones de la H a la Z. En el izquierdo, el resto. Abrió al azar y saltó la palabra pintonudo, con una leyenda colgando de ella: «soy alguien muy bueno, superior, estupendo». Del cajón de la V emergió un vilordo: «perezoso, tardo». De la Z, un zangandungo: «persona inhábil, desmañada, holgazana». Así fueron precipitándose sobre él todo un ejército de personajes de historias olvidadas. Gentes que dormían en los sueños, a la espera de que alguien despertara las palabras.

Sus manos empezaron a sudar. Las mariposillas se rebelaban en su interior. Anhelaban salir a buscar el sol. «Tengo un millón de historias escondidas en este arcón», pensó. El campesino pintonudo, que regalaba estrellas a todo mundo; el pequeño zangandungo, al que un trasgo le cedió unas alas para que espabilara; el sapo vilordo, al que las ancas se le petrificaron porque nunca las usaba. Mientras con eso soñaba, su Universo se nubló y llovió realidad sobre su cama. Lo imaginado se esfumó. Sólo quedaron un puñado de palabras. Y unos besos a pie de cama.


Publicado en Las Provincias; El Comecocos, 24 de marzo de 2018. 

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