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PALABRAS EN LA NEVERA

Quiero desayunar con ellas. Que me acompañen en el almuerzo. En la cena. Quiero devorarlas  como si fueran parte, el todo, de mis dietas. Quiero palabras, como amanecer. Y que más que un nacer el sol, sea un zumo de naranja derramado sobre el océano. Que las sombras de la mañana sean el cacao humeando; que el día huela a pan recién horneado. Que todo se reduzca a un bocadillo con sujeto, verbo y predicado. Pan con chocolate, aceite y sal, como el de aquellos patios de canicas, cromos y alguna gamberrada. Sinónimo de trastada.


Quiero que la despensa se llene de palabras como luna. O mejor, lunas. Nuevas, menguantes, crecientes... Quiero, con su luz, llenar las copas de destellos. Y, como si fuera Guillermo Cruz -cuenta-vinos que descorcha relatos con taninos- hacer de cada sorbo un cuento. Y de cada cuento, una historia con solera en la que repose la memoria. Esa que repta por las bodegas de la vida impregnando de recuerdos toneles y botellas.







Quiero que juntos las descorchemos y que dejemos fluir aquellas vivencias. Que gocemos o lloremos de sus afirmaciones y sus negaciones, de sus exclamaciones y sus conjunciones adversativas. Que hagamos juntos un maridaje de palabras en la que el pasado ponga el acento: el primer beso que rozó tus labios; el viaje que te sacó del gran hormiguero humano; el nacimiento de aquel pequeño que te dio alas para seguir soñando.

Besar, viajar, nacer. Verbos vitaminados con lo que llenar la nevera de tu existencia. Palabras refrigeradas a las que acudir cuando te haga falta aliñar los días. Volar, cantar, saltar. Como si, más que piernas, tuvieras ruedas y jugaras a ser un equilibrista sobre el minutero. Palabras compartiendo cajonera de la nevera, entre tomates y berenjenas, con los sinónimos de naturaleza: esencia, mundo, tierra. Planeta.




Un planeta azul al que echar las redes para pescar adjetivos que llenen de intensidad y color las cazuelas. Pescar palabras esbeltas que después alegren el paladar: sirenas, que canten como las divas; caballitos de mar, que corran en el hipódromo de las frases reflexivas; pulpos que, con sus ocho patas, escriban cartas como Cyrano de Bergerac. Comer sin comas, amar sin rimas. Ser un verso libre.

Quiero pescar palabras llanas, cazar agudas y cocinar esdrújulas. Y que atardecer, más que languidecer, signifique que has ganado un día. Y que anochecer, más que despedida, sea un punto y seguido en tu travesía. Una parada para soñar, al tiempo que la noche se convierte en un café sobre el que se disuelve el azucarillo de la vida, como un polvo de estrellas fugaces que acarician tu mejilla con besos pluscuamperfectos... y puntos suspensivos.


El Comecocos. Publicado en Las Provincias, 21 de abril de 2018.

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