VERSOS DE ASFALTO

Mi inspiración, siempre a la suya, me susurró: «haz un poema urbano». Los ojos se me descabalgaron. «¿Poema yo?», pregunté aturullado a la señora de las ideas alborotadas, selectas y siempre escasas. Antes de que mi cabeza reaccionara, las palabras con que jugaba se escaparon del teclado por la ventana. Se marcharon –todas ellas muy urbanas– a recorrer la ciudad. Hubo desbandada. Y letras atropelladas.


«Prohibido el paso a las cursilonas, palabras mágicas e inspiraciones manidas y repetidas», indicó el rojo del semáforo. Se apearon mariposas, lunas y estrellas; las primaveras sobrevenidas; los adjetivos pueriles, y las reflexiones samaritanas. Mientras eso sucedía, algunas palabras algo bárbaras asaltaron eufóricas las tascas. Las más rebeldes se abocaron a la barra. Y, como en algún poema de García Montero, muchas acabaron en una cantina a pie de mar canturreando sus versos: «Las gaviotas esperan/ canciones de borrachos en el puerto...»

Obra de  Atiro Hecho



Tragaron por tragar y sin parar. Las más veteranas recordaron como Bukowski siempre las embebía hasta casi enredar las ideas en versos que nunca sabían a dónde iban a terminar: «ahora bebo solo./ bebo conmigo y por mí. /brindo por mi vida y por mi muerte./ (...)». Versos de Charles, más que urbanos, negros como el asfalto.

Hubo palabras borrachas y otras más divertidas, que se marcharon al teatro donde actuaba un mago que, de una chistera, sacó un pañuelo; y del pañuelo, un conejo, y de la oreja del conejo, un verso que sabía a reverso. Como la mayoría de Sabina: «(...)heredé una botella de ron de un clochard moribundo, / olvidé la lección a la vuelta de un coma profundo».

Hubo palabras ladronas, que acabaron a tiros durante un atraco. «Al ladrón, al ladrón... que es chulito pero bajito», gritó la Policía cuando vio huir una letra chica. Hubo algunas enfermizas, que en un parque como el Retiro treparon por las ramas de un pino para espiar cómo hacían los vecinos el amor (o el desamor).



Bajo las farolas, otras de ellas se prostituían, como quien vende su ideología al mejor postor. Las más osadas recitaban, desventuradas, los poemas de la Gloria más Fuertes –esa que nos roba hasta el aliento cuando descarnaba sus versos–: «Yo,/ remera de barcos/ ramera de hombres/ romera de almas (...)»

La inspiración me pidió que las dejara; que ellas solas escribirían un poema dedicado a la ciudad maldita y a la vez bendita. Pero me cansé de esperar. Tanto desesperé que, desde el balcón, les pedí que regresaran y les lancé besos llenos de añoranza. Pero me quedé sin nada: sin poema, sin palabras, sin esos besos de los que te hablaba.
Publicado en Las Provincias. El Comecocos, 7 de abril de 2018

Comentarios

Entradas populares de este blog

MIS PASEOS CON CHATI

LA MUJER QUE VE AMANECER

EL ARCÓN DE LAS PALABRAS MUERTAS