CAÑONAZOS EN HYDE PARK

Esta semana, las tropas del rey (en este caso de la reina de Gran Bretaña) dispararon 41cañonazos en Hyde Park. La Compañía de Artillería, otras 62 salvas desde la Torre de Londres. Todo, en honor del nuevo miembro de la familia real inglesa. La duquesa de Cambridge acababa de dar a luz a su tercer hijo: un varón que pesó 3,8 kilos. Kate Middleton parió por la mañana, a eso de las once; por la tarde ya posó con su bebé en las puertas del hospital.

El feliz momento me hizo pensar que el retoño de los príncipes de Cambridge había tenido suerte (o al menos más suerte que otros): iba a tener asegurada una exquisita educación y unos privilegios sociales posiblemente extraordinarios. Y hasta podría montar a caballo a placer en cualquiera de los castillos que la casa real británica tenga repartidos por su mundo.

Pensé que la aparente fortuna había sonreído al pequeño (aunque el tiempo dirá). Igual que les pudo sonreír a mis hijas por haber nacido en un país que, con sus achaques (especialmente políticos), tiene garantizado un mínimo bienestar social. Privilegios de los países de Occidente. Aunque también mascullé que no es lo mismo nacer aquí que allí. En tal ciudad o barrio. No es lo mismo aunque todos al nacer seamos, más o menos, igual: un par de ojitos, una piel arrugada, un diminuto cuerpo y un corazón brincando.





Reflexioné con todo eso mientras en mi imaginación retumbaban las salvas lanzadas desde la Torre de Londres. Y pensé, al tiempo, que otros niños tuvieron que escuchar, hace nada, caer bombas químicas sobre sus casas. Y sentí estupor al recordar, aunque el tiempo diluye el impacto, las imágenes de aquellos pequeños, de brazo en brazo, sumergiéndolos bajo chorros de agua para descontaminarlos del atroz ataque.

Pensé que los niños no tienen culpa de nacer aquí o allí. Que la vida, el destino, es así. Pero al tiempo me dije que algo hacemos mal, muy mal, permitiendo que esto sea nuestro día a día. Quizás porque nos hemos acomodado en una sociedad en las que los cañonazos los escuchamos según nos convenga. Si retumban más allá de nuestro ombligo, nos suele dar igual.

Me estremece pensar en ello. Con que habitamos en un planeta inmune ante los cadáveres de niños flotando en el Mediterráneo porque sus padres ansían libertad; un lugar donde desalmados siguen acabando con la vida de los menores de su casa en nombre de no sé qué diabólico impulso machista y aniquilador; una tierra en la que, aunque ya nadie se acuerde de ellos, siguen muriendo de hambre pequeños de aquella África saqueada, y una humanidad en la que los niños de Siria braman.

Son los cañonazos del destino. Besos.

El Comecocos, Las Provincias, 28 de mayo de 2018












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