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EL LADRÓN DE SUEÑOS


A medida que va pasando la semana, la esquina derecha de mi mesa se va llenando de recortes de periódicos (de todos) pendientes de leer. Recortes que en la mayoría de casos  se quedarán amarilleando allí, porque el maldito tiempo absorbe nuestra existencia a placer y vivimos más a merced de cuestiones impuestas que de necesidades (placeres) personales. 


Rebañar al minutero segundos para bucear por donde uno quiera, parece misión imposible. Sin darnos cuenta, hemos puesto una camisa de fuerza a nuestra existencia y cuando queremos darnos un gusto, tenemos tantas ansias que suele ser desbordado, acelerado. Hemos aparcado el placer por el placer: lento, pausado. El del tiempo sereno y reposado que permita ir cultivando nuestras necesidades corporales o intelectuales.  Como leer un buen artículo sobre el padre del nuevo periodismo, sobre Tom Wolfe, y aprender un ápice de lo que él fue. «Dedicaba un tiempo enorme a la documentación, escuchaba a todos cuantos tuvieran algo que decir sobre un asunto, copiaba las voces y vivía las historias siempre que era posible para no depender de versiones ajenas», describía César Coca. O como leer a María Kodama, viuda de Jorge Luis Borges, decir al disertar sobre su marido: «La humildad es propia de toda persona libre, porque sabe dar la libertad a los otros. El que esencialmente no lo es, trata de imponer su voluntad».



Quizás la falta de tiempo nos ha arrebatado la libertad. Y con ello, hemos ido perdiendo la humildad. Hemos optado por mirarnos el ombligo y no ir más allá de nuestra propia vanidad. Será por eso que todo lo que nos rodea, como en el libro de Wolfe, es una hoguera. Y ardemos por todos los lados: en la actualidad mundial, nacional, local, particular. Asesinatos desmedidos, enfrentamientos políticos con tintes de fascismo, matanzas horribles en nombre de no sé qué banderas que acaban acribillando a niños... Gritos en la escalera.

Coelho, siempre tan reflexivo, escribe en su Alquimista –que me ha dado por releer tras una entrevista con un pastelero que tiene trazas de hechicero–: «es justamente la posibilidad de realizar un sueño lo que hace la vida interesante». Y es cierto. Pero en ese mismo texto, un viejo sabio, rey de Salem, explica que en un determinado momento de nuestra existencia «perdemos el control de nuestras vidas y éstas pasan a ser gobernadas por el destino».

El destino se ha empeñado en robarnos el tiempo. Y con él, los sueños. Y hasta nos ha hurtado los míseros minutos necesarios para leer los recortes de periódicos que se amontonan, amarilleando, en la esquina derecha de la mesa. No hay segundos ni para los besos.

El Comecocos, publicado en Las Provincias el 19 de marzo de 2018.

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