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LOS BANQUETES PENDIENTES

El encuentro entre los mandatarios de las dos Coreas fue un acontecimiento histórico. Como en todas las grandes ocasiones, la mesa también jugó su papel como punto de encuentro y de unión. Una mesa transformada en un banquete de la concordia por la que pasearon platos repletos de simbolismo, como unos fideos con caldo de carne con rábanos, pepinos y medio huevo cocido muy populares en la Corea del Sur de Moon Jae In. O un rostí hecho con grasa animal a modo de Suiza, que parece estaba ligado a la infancia del líder norcoreano, Kim Jong-un.

El momento me hizo pensar que si me tuviera que sentar con algún enemigo, quizás usaría como arma para desmontar nuestras diferencias un buen arroz (que tanto habla de dónde vivo), precedido de algún marisco sin excesiva pretensión (¿unas gambas rojas?) y culminado con unas natillas únicas, que son por las que suspiro cuando pienso con la mujer que me trajo a este mundo. Un mundo repleto de banquetes pendientes. Y necesarios. Un mundo al que le faltan más mesas compartidas y menos algarabías agresivas.



Un banquete bien llevado –tanto bien comido como bien regado– puede ser un desatascador de problemas enrocados. Porque la buena mesa –y quizás la buena bebida (que debe ser comedida)– nos debilita, nos desata la lengua y nos hace aflorar los sentimientos, por muy encerrados que estén. Nos sinceramos, nos pone ante el espejo, ante nuestro lado más humano, y acabamos viendo al que tenemos al lado como un cómplice, un amigo... alguien con quien confiamos. Lo mismo da si está en las trincheras del otro lado, si piensa lo contrario o es un eterno adversario. Una sopa mimada, hecha con tanto amor que atraviesa el corazón, es capaz de conquistarte a ti y a quien contigo está, capaz de desarmar al más atrincherado, de aflojar al más duro. De unir enemigos. Aunque lo complicado es lograr sentarlos juntos. Que compartan banquete los contrarios.





Imagino en una mesa los que visten de blanco con los de azul (y grana), los que están a la izquierda con los que prefieren la derecha, los que querían trasvasar con los que no, los trabajadores con los señores, los que quieren la independencia con los que lo ven una aberración, los de Góngora con los de Quevedo, los barrocos con los minimalistas... Unos y otros intentando pulir controversias; debatiendo de sus cosas mientras que una delicada pierna de cordero facilita los acuerdos y diluye la crispación. Pienso en ello y me imagino al cocinero de concordias intentando que, en este mundo de diferencias descarnadas, su banquete acabe con perdices. Y felices. Y con besos, por favor .
El Comecocos, Las Provincias 6 de mayo 2018

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