LA VIDA LÍQUIDA

Hace dieciocho años me sorprendió un volcán activo en Guatemala. Lo contemplé un atardecer desde la habitación de un hotel en Antigua. Su humareda me impactó. Ese mismo volcán podría ser el que ahora sigue activo, tras destruir paisajes. Y a sus gentes. A las víctimas, su furia posiblemente les cogió desprevenidas.

Cinco años antes, estaba en un barco en Nijmegenen (Holanda). Era un buque residencial. Pasé allí las vacaciones. O, en verdad, descubrí allí el sentido de la vida junto a los hijos pequeños de refugiados acogidos en ese barco por ACNUR. Fue enriquecedor. Y estremecedor. Más ahora que veo a niños, como ellos, quen llegaron con el Aquarius. A ellos, la vida también les cogió desprevenidos. La guerra en Bosnia, las penurias en Costa de Marfil, el hambre...

La vida, de hecho, es así: desprevenida. Un volcán, un ictus, un coche que te atropella, una moción de censura... Una novela trepidante escrita entre vericuetos y fraguada con los mimbres de la suerte y el destino. Siempre con el mismo principio. (Aunque no es lo mismo nacer en una jaima del desierto, que en un hospital puntero). Y siempre con el mismo final. (Aunque no es lo mismo morir ahogado en una patera, que envejeciendo con dignidad).


Todo es blanco o negro. O blanco y luego negro. Un seleccionador prometedor sentenciado, un cuñadísimo real encarcelado, un astronauta aupado, un fugaz ministro cesado, un candidato que fue apartado y acabó gobernando. Todo y nada. Como el dios del balón que acabó como rey de la adicción; como el sin papeles invisible que fue héroe de la nación, como el guitarrista callejero que triunfó. O viceversa.


"Un relato vivo que te va llevando de aquí para allá"


La existencia está hecha de viceversas. Fluimos como un péndulo. De buen chaval a violador; de bobalicón a emprendedor, de ángel a Satán... Un relato incontrolable, aunque creas que tienes amarrado tu destino. Porque, camuflado bajo el traje de la aparente normalidad, ese relato vivo te va llevando de aquí para allá. Y te hace, de un soplo, célebre o apestado; un mandado o un mandamás; un tipo gris o un alocado. Un personaje extraño que, ante el espejo, se ve y no se ve. "No te reconozco", te dirás. Te dirán. Y como si fueras Sabina, te negarás: "La leyenda del suicida /y la del bala perdida/ la del santo beodo/ si me cuentas mi vida,/ lo niego todo".

Somos equilibristas sobre el alambre de los días líquidos, intentando que no se derrame la vida. Somos la nada ante el volcán, ante el Mediterráneo que te engulle, ante un futuro incierto. Somos la nada y nada controlamos. Sólo los sueños, si estás despierto, serán tuyos. Al menos hasta que un contragolpe te separe de ellos: un suspiro de la muerte o un beso del destino.

El Comecocos, Las Provincias. Publicado 9 de junio.

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