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MIS PASEOS CON CHATI

Se llama Chati. (Sí, es cursi; lo sé). Llegó a casa hace unas semanas. Tenía cuatro meses. Patas de medio metro, pelo color canela y una orejas simpáticas. Es mestiza. Podenca y algo más. En el fondo, como todos: sangre de aquí y de allá; del sur y del norte; de abuelo republicano y del abuelo del otro bando; de origen humilde aunque con un tío millonario en América. Mestizos, por todos lados. Un honor. Aunque Hitler y otros locos por la raza nos hubiesen fulminado. Con la mirada. Y algo más.
Su mirada, la de mi mestiza, tiene destello. El brillo de la inocencia, de la gratitud, de sentirse (de pronto) feliz. Aunque en el fondo, también esconde una patina de nostalgia. Por lo vivido, supongo.

A Chati la encontraron deambulando por una autovía, con su madre escuálida y malherida a su lado. Las dos, en medio de la jauría de coches. A su madre, la sacrificaron. Ella, emprendió un nuevo camino a nuestro lado. Y cuando la veo, pienso en ese toque inhumano que, quizás por falta de contacto y tacto, tenemos con seres vivos como ella. Aunque también pienso que, si no nos inmutamos cuando vemos sacar cadáveres del Mediterráneo, cómo nos va a encoger un perro abandonado. Pienso, en cualquier caso, que nos preocupa más lo material que lo humano. Primero el dinero; luego el corazón.



De hecho, por las noches, cuando los dos paseamos por las calles del barrio, hablamos de eso y de las cosas que nos están pasando: de esos políticos más preocupados por másteres y tesis, que por los desgarradores datos del paro que pasan de puntillas por nuestro lado; de esos políticos enfrascados con exhumaciones –que me pueden parecer pertinentes–, aunque me preocupa más que cada semana se vaya engrosando la terrible lista de muertes de mujeres en manos de esos hombres que se creen tan machos; de esos políticos obcecados en rentabilizar su poltrona, más que en asegurar plato y vivienda digna a cada ciudadano.

De todo eso hablamos, cuando paseamos al acabar mi jornada de equilibrista entre palabras. Yo le hablo, ella mira y camina destartalada, con una pierna aquí y otra atrás, y con la inocencia del que acaba de venir al mundo. Posiblemente al margen de las duras realidades que se esconden bajo el lodazal de los días. Paseamos por el barrio felices: el bar de casa cierra la persiana; en los autobuses, la gente pega cabezadas apoyados en la ventana; un par de taxis esperan en el hospital, donde en cada habitación se va escribiendo una batalla; un patinete eléctrico nos ataca por la espalda; dos jovencillos se abrazan, y yo le cuento a ella, que siempre acabo con besos mis cartas. Besos mestizos. Besos.

El Comecocos, Las Provincias. 15 de septiembre de 2018

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